EL SALTO TECNOLÓGICO QUE SE VIENE
Parece una locura, pero quizá estemos asistiendo, sin darnos cuenta, a los últimos años del celular tal como lo conocemos. Ese pequeño rectángulo brillante que llevamos en el bolsillo —cuando no directamente en la mano— del que dependemos para casi todo, y sin el cual muchos podrían terminar volviéndose locos, que organiza nuestros días, controla nuestros tiempos y se ha adueñado hasta de nuestros momentos de descanso, parece que terminará convertido en una reliquia. Ya no falta mucho. Muy pronto, bastará hablarle a una inteligencia artificial para que el mundo digital obedezca nuestras palabras; y ni siquiera tendremos que hablar: un pensamiento será suficiente para dar una orden.
Parece ciencia ficción, es cierto, pero Elon Musk sostiene que el smartphone podría tener los días contados. Y para comprender hacia dónde nos lleva esta nueva revolución, conviene mirar un momento hacia atrás y recordar el largo camino que recorrió el ser humano para conseguir algo que hoy nos parece tan sencillo: comunicarse a distancia.
Al principio, el hombre solo tenía su voz, sus manos y unos cuantos gruñidos para hacerse entender. Después llegaron los gestos, las señales de humo, los dibujos en las cavernas y, mucho, muchísimo más tarde, la palabra escrita. Un mensaje podía viajar con un mensajero a pie, a caballo o en una carreta, y entre quien lo enviaba y quien lo recibía podían pasar días, semanas o incluso años.
Después llegaron las comunicaciones impresas: los libros, primero, y los diarios mucho después, y con ellos la palabra escrita aprendió a multiplicarse. La imprenta permitió que una historia, una idea o un conocimiento pudieran conservarse, reproducirse y pasar de una generación a otra. Los libros se convirtieron en una de las grandes herramientas de la cultura humana: guardaron el pensamiento de los pueblos y permitieron que las ideas cruzaran fronteras y sobrevivieran a sus autores. Más tarde, los diarios llevaron las noticias hasta miles de lectores y se convirtieron en una ventana cotidiana hacia el mundo; durante generaciones, hubo familias que esperaban el periódico como quien espera una visita.
Y poco a poco, a las palabras se sumaron las imágenes: primero ilustraciones y grabados; después, fotografías y finalmente el color, que hizo que aquellas páginas cobraran una nueva vida. Pero todo seguía dependiendo de un camino físico para llegar hasta los lectores. Las noticias, los libros y las imágenes necesitaban todavía de hombres, caballos, barcos o trenes. La palabra podía multiplicarse, pero todavía no podía viajar por sí sola. Y entonces apareció el telégrafo, dispuesto a romper también esa última barrera: la distancia.
Entonces fue extraordinario: la comunicación dejó de depender de la velocidad de un hombre o de un animal y comenzó a viajar por los cables como un relámpago. Ya no hacía falta escuchar una voz ni leer una carta. Bastaban unos pequeños golpes: «tiki, tiki, tak…». Eran sonidos que representaban un punto o una raya que, combinados, formaban caracteres, palabras y mensajes. Por primera vez, las palabras pudieron viajar prácticamente a la velocidad de la electricidad. Lo que antes necesitaba días podía llegar en minutos. Para la gente de entonces aquello debió parecer casi un milagro: un simple «tiki, tiki, tak» al otro lado del cable podía convertirse, a cientos o miles de kilómetros de distancia, en palabras que alguien podía leer. Lo extraordinario no era solo la velocidad; era que la distancia, por primera vez en la historia, había dejado de ser un obstáculo real.
Luego apareció el teléfono y ocurrió algo que, visto desde nuestro tiempo, parece sencillo, pero debió ser extraordinario: la voz humana consiguió viajar a distancia. Ya no había que esperar días a que una carta llegara, ni descifrar puntos y rayas. Bastaba levantar el auricular y decir «¿Aló?». Y al otro lado, casi como por encanto, respondía una voz que podía estar en la casa de al lado o a un continente de distancia. No era un código, no era una señal: era la voz de alguien. Con todo lo que eso significa.
Después llegó la radio y la voz dio otro salto. Ya no necesitaba un cable que la llevara de una casa a otra: comenzó a viajar por el aire, a través de ondas electromagnéticas. La comunicación a través de cables empezó a quedar atrás. El éter se convirtió en una enorme carretera invisible por donde viajaban las señales.
De pronto, una familia podía reunirse alrededor de un pequeño aparato y escuchar noticias, música, discursos o la voz de alguien que estaba muy lejos. Una voz sin rostro entraba en la casa y se sentaba, por decirlo así, en medio de la familia.
Y entonces llegó el televisor. La radio se había adueñado de nuestros oídos; entonces la televisión se adueñó de nuestros ojos y de nuestra atención completa. Por primera vez, la imagen en movimiento pudo viajar a distancia y entrar en nuestros hogares. Ya no se trataba de una fotografía quieta, sino de escenas que cobraban vida frente a nosotros: acontecimientos, películas, deportes, personajes y noticias comenzaron a desfilar por la pantalla. El mundo ya no solo podía ser escuchado desde lejos; ahora podía verse, en movimiento, desde la sala de nuestra casa.
La computadora dio otro salto cuando llegó a nuestras casas. En realidad, ya existía desde mucho antes de convertirse en un aparato doméstico: poco después de la aparición de la radio ya había enormes máquinas de cálculo que ocupaban habitaciones enteras, incluso edificios, y tenían una capacidad que hoy nos parecería casi ridícula frente al dispositivo con el que estamos leyendo estas líneas.
Pero aquella máquina hizo algo extraordinario: reunió en un solo aparato buena parte de lo que la humanidad había conseguido hasta entonces. Ya no solo recibíamos información; podíamos crearla, almacenarla, procesarla y enviarla. El texto, las imágenes, los audios, el video y nuevas formas de comunicación comenzaron a integrarse en un mismo lugar. El conocimiento comenzaba a caber sobre un escritorio.
Y entonces llegó el celular. El teléfono dejó de estar amarrado a un cable, a un lugar, y comenzó a acompañarnos por la calle, en el bolsillo, en el auto, en el trabajo y a donde fuéramos.
Finalmente apareció el smartphone, y entonces ocurrió algo casi increíble: todo lo que la humanidad había ido inventando para comunicarse terminó cabiendo en la palma de una mano. El telégrafo, el teléfono, la radio, la televisión y la computadora encontraron un lugar dentro de aquel pequeño rectángulo; también los textos, las imágenes, los sonidos y el video. De pronto, podíamos llamar, escribir, fotografiar, orientarnos, escuchar música, ver películas, comprar, pagar, trabajar y hablar con alguien al otro lado del mundo desde el mismo aparato.
El celular dejó de ser teléfono. Se convirtió en una pequeña ventana al mundo, en una biblioteca, una oficina, un cine, una radio y un teléfono, todo a la vez. Una computadora de bolsillo que, sin pedir permiso, terminó convirtiéndose en parte de nuestra vida, y en muchos casos, pareciera que adueñándose de ella.
Y ahora, precisamente cuando nos hemos acostumbrado a vivir con él, alguien viene a decirnos que quizá también le llegó su hora.
Elon Musk ha afirmado en varias ocasiones —con la mezcla de certeza y provocación que lo caracteriza— que el smartphone tradicional podría quedar obsoleto en unos cinco o seis años, alrededor de 2030 o 2031. No es una predicción científica verificada; es la visión de alguien que además dirige Neuralink, la empresa que ya experimenta con interfaces cerebrales en humanos. Conviene tenerlo presente.
Pero no necesariamente será reemplazado por «otro celular». Será reemplazado por una nueva manera de relacionarnos con la tecnología.
La idea es bastante radical: el dispositivo podría conservar una pantalla, sonido y conexión inalámbrica, pero dejaría de funcionar como el teléfono que conocemos.
Hoy tenemos una aplicación para cada cosa: WhatsApp, correo, mapas, música, bancos, compras… En el futuro podríamos simplemente decir:
—Dile a José que no podré ir.
Y la inteligencia artificial decidiría quién es José, qué está pendiente, adónde se tenía que ir, qué se tenía que hacer y cómo hacerlo, y hasta lo programaría para otra ocasión. ¡Vaya eficiencia!
Ya no tendríamos que pensar qué aplicación utilizar. Bastaría con decir qué queremos conseguir.
Es como disponer de un taller lleno de herramientas y materiales y que, sin tocar ninguno, bastara con imaginar el mueble que queremos para que apareciera hecho frente a nosotros.
Y eso cambiaría mucho más que el aparato: cambiaría nuestra relación con la tecnología.
La principal ventaja sería la simplicidad. Menos menús, menos contraseñas, menos aplicaciones y menos tiempo buscando dónde está cada función.
La inteligencia artificial podría organizar un viaje, contestar mensajes, buscar información, reservar una mesa o preparar un documento simplemente conversando con nosotros.
El celular dejaría de ser el protagonista. Se convertiría en una especie de puerta de entrada a una inteligencia digital mucho mayor.
Pero no todo es color de rosa. Aquí conviene detenerse a pensar en las consideraciones éticas de todo esto.
Una IA capaz de hacerlo todo necesitaría saber muchísimo sobre nosotros: nuestros contactos, conversaciones, hábitos, gustos, ubicaciones y decisiones.
Y entonces aparece una pregunta bastante incómoda:
¿Quién tendrá todo ese conocimiento?
Ahí comienza el verdadero debate.
Porque cuando la tecnología deja de limitarse a obedecer órdenes y empieza a conocer nuestros hábitos, anticipar nuestros deseos y, eventualmente, interpretar señales del cerebro, ya no estamos hablando solamente de informática. Estamos entrando en el terreno de la bioética.
Neuralink —la empresa de Musk que ya ha implantado dispositivos en pacientes humanos como parte de ensayos clínicos experimentales— abre todavía otra puerta: la posibilidad de controlar dispositivos mediante señales neuronales. Hoy se trata de investigación médica con alcance muy limitado, pero mañana podría plantearse algo mucho más profundo: ¿hasta dónde queremos conectar nuestra mente con las máquinas?
¿Qué límites debemos poner a una máquina que puede conocer aspectos íntimos de una persona? ¿Quién será dueño de nuestros datos, de nuestros recuerdos digitales o de la información que pueda obtenerse de nuestra actividad cerebral? ¿Podremos decir «no» a una tecnología que quizá termine siendo indispensable para estudiar, trabajar o comunicarnos?
La pregunta no debería ser solamente si podemos hacerlo.
Deberíamos preguntarnos si debemos hacerlo, bajo qué condiciones y quién tendrá el poder de decidirlo.
La historia de la tecnología siempre ha sido una historia de posibilidades. El telégrafo venció las distancias; el teléfono acercó las voces; la radio hizo viajar las señales por el aire; la televisión llevó la imagen en movimiento a nuestros hogares; la computadora multiplicó nuestra capacidad de procesar información y el smartphone puso todo aquello en nuestro bolsillo.
Ahora la inteligencia artificial quiere dar el siguiente paso: comprendernos.
Y quizá ese sea el momento en que más que nunca necesitemos algo que ninguna máquina puede decidir por nosotros: criterio, responsabilidad y conciencia.
Porque el futuro no se construirá solamente con lo que la tecnología sea capaz de hacer.
También se construirá con aquello que los seres humanos decidamos que no debemos permitirle hacer.